viernes, 4 de septiembre de 2015



Selva Negra, 2015.


Aquel día el sueño me atracó de improviso, se abalanzó desde una esquina de la habitación y se cernió sobre mi cuerpo como un depredador que se niega a dejar escapar a su presa. Con los ojos sellados, el corazón abierto y la respiración calmada, me sumergí en el sopor del mediodía, a medida que la luz del sol iba derramándose por mi cintura hasta llegar al pie de la cama. ¿Cuántas horas yacía sobre el colchón? No lo sabía. La noción del tiempo se había despeñado por la ventana y el ahora podía ser cualquier hora, después podía ser un antes y mañana quizás un ayer. El aire era tan denso y dulce que casi podía masticarse. Una tormenta de verano se avecinaba y la electricidad mordisqueaba mis uñas, erizaba mi vello, me ocasionaba jaquecas. Y tú caías en el recuerdo, regresabas del olvido y te tumbabas junto a mis huesos. Para quedarte o marcharte a los pocos minutos, eso no lo recuerdo. 

1 comentario:

M. Vega dijo...

Hay muchas cosas remarcables, pero me he quedado con esta frase rondándome la cabeza: "El aire era tan denso y dulce que casi podía masticarse." Es una idea fascinante. Te he escrito al correo. Echaba de menos tus textos :)